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"El crimen más grande que pueda cometerse hoy en el mundo , repito, el crimen más grande que pueda hoy cometerse en el mundosería un crimen contra la paz. Lo que no perdonaría hoy nadie en en el mundo sería que alguien conspirase contra la paz".

A Cuba

Ponle Corazón


El mundo ha abrazado francamente el rumbo del nacionalismo económico, que nada ni nadie hará variar por muchas generaciones; porque es una política económica (aunque egoísta y quizás a largo plazo equivocada) que responde a razones de alta política internacional y que está fundamentada en la convicción, firmemente arraigada en la mente de todos los pueblos por propio instinto de conservación, de que cada nación tiene que abastecerse a sí misma, sino quiere correr el riesgo de perecer en la lucha feroz que libran entre sí las potencias que, por su grandeza y pujanza económica, pueden dictar el orden económico.

ENSAYO DE ECONOMÍA CUBANA

LA HABANA, 1936


El crimen más grande


sería un crimen contra la paz

NOV 4
RESUMEN DE LA MESA REDONDA

Importancia de la formación histórica

Antonio Ajá Díaz


Jose Luis Rodriguez Garcia

Teníamos mas de 1000 000 000 hace dos años

Sin haber tenido un gran cansancio pandémico, nuestros jóvenes no adoptaron una conducta cívica.

Es importante que se reunan con los jóvenes, pero más importante aún los niños y adolescentes.

No hay nada más práctico que una buena teoría...

carlos cabal mirabal


el pais ha dejado de ingresar alrededor de 3000 000 000 millones menos que el año pasado.

Estos son nùmeros que tienen que llevar a la meditación...


Cuán importante son los jóvenes de Cuba????


Carlos Rodríguez Castellanos

“Una revolución solo puede ser hija de la cultura y de las ideas."

Mucho diagnóstico, pero pocas propuestas de solución.

El presente capítulo tiene como objetivo abordar los componentes principales de la emigración de Cuba en la década de los noventa.
Con tal propósito se presenta el estado de la emigración cubana en cifras, así como aspectos puntuales de las relaciones migratorias entre Estados Unidos y Cuba en este período. De igual forma se examinan las relaciones migratorias de Cuba con otros países donde se encuentran asentamientos de cubanos.

Se realiza un balance acerca de la política de Cuba hacia su emigración basado en las propias definiciones del gobierno cubano al respecto. Finalmente, se analizan varios de los elementos que caracterizan al flujo migratorio externo de Cuba hacia diferentes países en el denominado Período Especial.

DÍAZ, ANTONIO AJA.
“La Emigración de Cuba En Los Años Noventa.” Cuban Studies, vol. 30, University of Pittsburgh Press, 2000, pp. 1–25, .

Migración e Inclusión: desafíos y oportunidades para las políticas de protección social y trabajo decente: 2018

Hay que nombrar las cosas mas detalladas

La queja continuada, prostituye el alma.

JOSÉ MARTÍ

AJA

Academia Abel Marcel

“¿De qué se hace un tirano? De la vileza de muchos y de la cobardía de todos.”

ENRIQUE JOSE VARONA

Normas elementales de conducta

Se reúnan con los niños y los adolescentes...

Formación histórica de los jóvenes.

LA ISLA DE CORCHO

LUIS MACHADO

NOTAS SOBRE EL AUTOR

Luis Machado fue un abogado de ideas liberales, de familia acomoda de La Habana, lo que le permitió frecuentar círculos intelectuales, escritores y conferencistas y a la vez estudiar y escribir sin comprometerse con los gobiernos de turno.

Su obra se basó fundamentalmente sobre temas económicos nacionales, aunque también incursionó en temas sociales y cuestiones internacionales.
Poseía amplia cultura general, ofreciendo conferencias en instituciones prestigiosas de la época, tales como La Sociedad Cubana de Derecho Internacional.

Sus trabajos se encuentran entre las colecciones de obras de la Universidad de La Habana.
La Isla de Corcho fue una obra muy conocida y citada por oradores y personalidades públicas de su época.

ENSAYO DE ECONOMÍA CUBANA

LA HABANA, 1936,

Los cubanos, en su inmensa mayoría, no conocen a Cuba. Muchos han viajado extensamente por otros países de América y de Europa. Muchos son versados en las ciencias, las letras y las artes y conocen a fondo la geografía, la historia y las civilizaciones de otras tierras. Pero son muy contados los que conocen las enormes riquezas que yacen en el suelo y en el subsuelo de Cuba, esperando la mano que quiera extraerlas o trabajarlas para ponerlas en circulación.

¡Cuán pocos hijos de Cuba aprecian las bondades de sus aguas curativas, de su clima tonificante, de sus paisajes luminosos, de su historia pintoresca, heroica y romántica!

Esa ignorancia explica en parte el contrasentido de que el cubano viva pobre en medio de tanta riqueza y de que aparezcan a nombres extranjeros las tierras, las minas, las industrias, las fábricas, los servicios públicos y los comercios de Cuba.

De fuera ha tenido que venir casi siempre, el aventurero o inmigrante para descubrir, o posesionarse y trabajar lo que durante siglos ha permanecido expuesto sin ser visto, a la vista de todos.

La independencia política nos hizo prematuramente libres. Cambiamos de himno y de bandera, pero nuestra mentalidad, nuestros hábitos, nuestras costumbres, nuestros códigos, nuestras tendencias nuestras actividades continuaron y continúan siendo profundamente coloniales.

Estamos viviendo ahora el momento de transición de la Colonia a la República. De aquí, la gran responsabilidad que pesa sobre todos los que en alguna forma estamos obligados a participar en esta histórica transformación; y la necesidad de contribuir en la medida de nuestras fuerzas a acelerar el cambio y a encauzar por senderos realmente sólidos las corrientes económicas que puedan llevarnos al dorado ideal de la independencia económica, sin la cual resulta inestable y hueca la independencia política.

Este ensayo es un modesto grano de arena con que el cubano de buena voluntad contribuye a los cimientos de nuestra economía nacional. Es un llamado para hacer ver a muchos incrédulos los enormes recursos que Cuba posee en el orden agrícola e industrial y las grandes fuentes de riqueza que aún están por explotar, esperando que alguien las aproveche. Es un esfuerzo para probar que Cuba puede producir algo más que azúcar y tabaco. Es un ensayo para estimular a los cubanos a diversificar nuestros cultivos, nuestros comercios y nuestras industrias y a desarrollar nuevas fuentes de producción que sirvan para liberarnos de la esclavitud del monocultivo que nos mantiene todavía en estado colonial en plena República.

la importancia de las dinámicas demográficas en Cuba

Esa ignorancia explica en parte el contrasentido de que el cubano viva pobre

en medio de tanta riqueza

Nada hay nuevo bajo el sol. Nada hay en este trabajo que no se haya dicho ya por alguien alguna vez. Es posible, por tanto, casi seguro, que los sabios y los técnicos nadan puedan aprender con la lectura de este sencillo ensayo, que no aspira a los honores de la originalidad. Pero es posible que su lectura pueda alentar a algún desalentado o dar algún poco de fe a algún pesimista descreído. Si lograre avivar el interés de un solo cubano por los asuntos económicos de Cuba, o abriere nuevos horizontes al que solo ve el cuadro cerrado de los negros nubarrones, el autor se sentirá ampliamente recompensado.
No espera el autor que todos compartan las opiniones de franco nacionalismo económico que forman parte de su credo. El mundo se ha debatido siempre entre dos grandes tendencias económicas clásicas: el proteccionismo nacionalista, que hoy rige la política de todos los países; y el librecambio internacionalista, que actualmente se bate en franca retirada. Todavía quedan en Cuba, como en toda colonia, muchos enamorados de la bella ilusión librecambista que nos ha reducido al monocultivo y acarreado la pérdida de nuestras tierras, estancando el desarrollo de nuestras otras riquezas naturales. Los que así piensan, descubrirán algún día que en este mundo, las cosas no son como debieran ser, sino como realmente son; y advertirán que para que el librecambio sea posible no basta con que lo desee una sola de las partes sino que es necesario que alguna otra nación esté también dispuesta a practicarlo. En este siglo XX que vivimos no existe, que sepamos, la especie de esa rara avis; porque continuar predicando y practicando unilateralmente en esas condiciones las bellas teorías librecambistas resulta, además de pueril, suicida. El mundo ha abrazado francamente el rumbo del nacionalismo económico, que nada ni nadie hará variar por muchas generaciones; porque es una política económica (aunque egoísta y quizás a largo plazo equivocada) que responde a razones de alta política internacional y que está fundamentada en la convicción, firmemente arraigada en la mente de todos los pueblos por propio instinto de conservación, de que cada nación tiene que abastecerse a sí misma, sino quiere correr el riesgo de perecer en la lucha feroz que libran entre sí las potencias que, por su grandeza y pujanza económica, pueden dictar el orden económico.

los niños son la esperanza del mundo...

ESTO ES UNA REPUBLICA, SIN CIUDADANOS

LA HABANA, 1936,

y tu empinate...

PASAME UN CORREITO MAÑANA

La ciencia se tiene que adelantar a la poltica en el análisis en el pronóstico y sobre todas las cosas en la propuesta.
en los tres elementos en nuestro pais estamos deficientes.

jose marti

Las cosas solo son puras si uno las mira desde lejos...

Todos en el fondo, somos del ningún lado del todo, y de todos lados un poco.

Pero volvamos al inicio de mi tema: la isla de Cuba por tres veces se ha sumergido en el fondo del océano para reaparecer otras tantas, como el Ave Fénix, de entre sus propias cenizas. Y como la historia se repite, y los cataclismos, como el cubano, no obedecen a un calendario ni a un reloj, pudiera muy bien suceder el día menos pensado que la tranquila existencia de los descendientes de los siboneyes se viera sorprendida por uno de eso formidables eventos, que sin previo aviso, hacen desaparecer unos mundos para hacer surgir otros; y pudiera suceder que en esa descomunal transformación cósmica la siempre fiel Isla de Cuba se viera envuelta, como se ha visto envuelta en todas las conflagraciones universales que ha habido por obra de Dios o por obra del hombre, sin el consentimiento y hasta sin el conocimiento de sus infieles habitantes. Y pudiera muy bien también suceder que en ese universal cataclismo, al revés de los anteriores, el mundo fuera el que se hundiera, quedando flotando sobre las olas enfurecidas del mar la tierra más bella que ojos humanos vieron, como un testimonio que deja la caprichosa naturaleza para que los astrónomos que en otros planetas se preocupan de indagar lo que ocurre por este modesto átomo del sistema sideral puedan observar la muestra restante de un mundo que fue.
Y yo he pensado muchas ocasiones cuál sería la impresión y la reacción de mis compatriotas, los cubanos, si al levantarnos, como de costumbre, una de esas mañanas serenas y luminosas de los trópicos que generalmente suceden a las grandes tempestades, descubriéramos que la noche anterior todo el mundo conocido había desaparecido de un plumazo y que el espléndido aislamiento que nos legó la geografía se había convertido en realidad absoluta, porque nos habíamos quedado, flotando en nuestra Isla de Corcho, solos en el mundo los cubanos, tan solos como la estrella solitaria que resplandece en nuestra simbólica bandera.
La primera reacción del cubano sería, sin duda, de una intensa curiosidad expectante por conocer los detalles de la catástrofe. Los rumores más fantásticos y las “bolas” más impresionantes circularían con una velocidad vertiginosa. Silenciados los hilos del cable submarino, enmudecidas las emisoras radiodifusoras extranjeras e inutilizado el teléfono internacional, no se llegaría nunca a conocer con toda exactitud la magnitud trascendental de lo ocurrido. No tendríamos ni siquiera el recurso de salir a visitar los restos de la hecatombe, porque, no habiéndonos preocupado nunca de tener marina mercante propia, a pesar de vivir en una isla, careceríamos de los medios mecánicos indispensables para poder entrar y salir de Cuba, al desaparecer los buques de otras naciones que hasta ahora nos han hecho el servicio de mantenernos en contacto con el mundo exterior.
La realización de que nadie podría irse más nunca de Cuba caería como una bomba en un país donde todos viven de paso, esperando acumular una fortuna para irla a dilapidar en los paraísos de promisión de otras latitudes. La realización de que más nada nos puede venir de fuera, vendría a completar el espanto de un pueblo que ha vivido siempre acostumbrado a que todo le venga de fuera, desde los alimentos que constituyen su comida hasta las medicinas que lo curan; desde el capital que fomenta sus tierras hasta la mano de obra que la trabaja; desde la ropa que lo viste hasta los materiales de construcción que lo albergan; desde el libro que lo educa hasta las películas de cine que lo entretienen; desde el vehículo que lo transporta hasta el combustible que lo impulsa. ¿Cómo va a poder seguir viviendo por sí solo un país que, por no dejar de importarlo todo, importa la moneda que le sirve de medio circulante, el clero que le ayuda a limpiar la conciencia y hasta las soluciones a sus problemas políticos domésticos?
Y cuando el cuadro tétrico del cubano se completara con la visión del colapso de su primera industria básica, el azúcar, desaparecidos para siempre los mercados exteriores que justifican su existencia; y cuando a renglón seguido, viniera la quiebra de su segunda gran industria, (mutilado desde documento original) sistema fiscal al esfumarse las rentas de aduana, que constituyen la columna vertebral del presupuesto, sobrevendría un pánico colectivo de tal magnitud que, enloquecidos por el terror, muchos, incapacitados para resistir la dura realidad, pondrían fin a sus vidas, mientras otros levantarían toda clase de imprecaciones contra el Dios antojadizo que, al suprimir el mundo, se olvidó de Cuba, condenando a sus infelices habitantes a las más cruel de las muertes: la de su propia consunción. Y ante la inminencia que todos presentirían de una muerte lenta pero inevitable, el populacho se lanzaría en avalancha sobre las existencias remanentes de víveres importados para sobrevivir, como en los naufragios, el mayor tiempo posible; mientras los bancos, imposibilitados de devolver a sus depositantes los fondos remitidos a sus casas matrices, ya desaparecidas, tendrían por necesidad que cerrar sus puertas.
En esos momentos de confusión, de angustia y desorientación colectiva, surgiría en el Gobierno, y de no surgir en el Gobierno, surgiría seguramente en la masa anónima del pueblo, algunos de esos hombres de iniciativas y acción que las colectividades siempre guardan en reserva en su seno para los momentos de las grandes crisis, quien apremiado por el instinto de conservación y por la necesidad imperiosa de vivir, trataría de poner orden en el desorden cubano y se convertiría, por su esfuerzo, por su decisión y por su actuación en jefe, a quien todos escucharían en la hora trágica en que, desorientados y despavoridos, todos corrían huyendo de una muerte aparentemente segura.
Y para conjurar la crisis ocasionada por el cataclismo, habría que actuar adoptando de momento medidas radicales y extremas. Habría que ordenar la inmediata incautación y racionamiento de las existencias de víveres en los establecimientos para evitar la muerte por (mutilado desde documento original) que adoptarse medidas severísimas para impedir la especulación y el agio de los mercaderes poco escrupulosos que no faltarían en esa, como en todas las ocasiones, de procurar hacer su agosto. E implantadas esas medidas urgentes, tendría que acometerse enseguida la obra de organizar a la carrera la producción ordenada, en los fértiles campos de la isla, de todo aquello que es indispensable para la vida y que puede producirse en ellos. Y, quizás, frente al peligro común, por una vez al menos en la historia de Cuba, se unirían todos los cubanos alrededor de alguien para poner sinceramente a contribución las ideas de todos los cerebros y las iniciativas de todos los brazos en la común labor de salvar la existencia.
Pasados los primeros días de susto, pronto se iniciaría una reacción de esperanza. Es cierto que la existencia del arroz importado, base del alimento habitual del pueblo, al tiempo de la catástrofe era solo la que servía para abastecer el consumo normal de tres meses. Pero las medidas de racionamiento implantadas en caso de tan extrema emergencia, evitando el despilfarro que ha caracterizado siempre a la cocina cubana, permitirá alimentar al país durante seis meses; y en ese tiempo las muchas tierras que en Cuba existen apropiadas para el cultivo del arroz frente a la dura necesidad de vivir, se han puesto en producción y antes de los seis meses aseguran una amplia provisión del grano, que hasta entonces se venía importando del lejano Oriente. E igual cosa ha ocurrido con los frijoles y demás granos y legumbres que constituyen el menú cotidiano de los habitantes de la isla. Con excepción del garbanzo, que antes de la catástrofe se comía por hábito más que por otra cosa, todos los granos se dan fácilmente en la isla, obteniéndose diversas cosechas al año de excelente calidad. Y entonces, quizás por primera vez en su vida, el cubano saborearía las habichuelas, las habas limas y las hortalizas que tan deliciosas se dan Cuba y que hasta entonces solo habían servido para deleitar el paladar de los norteamericanos, que ávidos, consumían toda la producción de la isla.
La catástrofe pasaría casi desapercibida para los carniceros, puesto que la producción de carnes, gracias a una sabia y previsora política de protección a la ganadería, sería suficiente para abastecer las necesidades del país. Esta abundancia de ganado aseguraba, por otra parte, una amplia provisión de leche, mantequilla y demás productos derivados de la ganadería, a la par que mantenía una producción permanente de los cueros para la fabricación del zapato necesario para calzar a la población y de los fertilizantes para conservar la excelencia de las tierras cultivables. Tampoco se notaría diferencia apreciable en la existencia de aves y huevos, porque, desmintiendo en la práctica a todos los teorizantes que presagian su incapacidad en esta rama de la producción, Cuba desde hacía mucho tiempo había logrado abastecerse a sí misma y con productos de insuperable calidad.
Lo que al principio haría sufrir un poco al cubano sería la falta de pan. Habituado por centurias a consumir pan fabricado con harina de trigo, e imposibilitado de producir este cereal en Cuba, tendría necesariamente que aprender a comer, como la mayoría de sus hermanos de América, pan de maíz, que con tanta facilidad se produce en la isla y que, según los técnicos, es superior en vitaminas y digestibilidad al del trigo. Y seguramente para variar su gusto, ensayaría también otras harinas y comprobaría la excelencia de la fécula del plátano y de la yuca, que ya antes del descubrimiento conocían los aborígenes siboneyes.
Quienes estarían de pésame serían los consumidores de bacalao, calamares y sardinas en lata. Pero quizás la catástrofe haría despertar al cubano del letargo en (mutilado desde documento original) de agua por todas partes y que no puede morir de hambre quien posea un azuelo en los ricos mares de los trópicos donde abundan el pargo, la cherna, la aguja, el serrucho, la rabirrubia, las sardinas, los cangrejos y las exquisitas langostas. Pasados los primeros días, los cubanos se avergonzarían de recordar cómo, poseyendo tanta riqueza en casa, estuvieron tanto tiempo gastando millones en traer de fuera productos de inferior calidad.
Muy pronto se agotarían las peras y los melocotones en lata que, por inexplicable atavismo, se sirven todavía de postre en el país de los mangos, las guanábanas, el anón, la piña, el zapote y el mamey. Pero el pueblo comería guayabas, plátanos o mamoncillos con serios trastornos digestivos. El aguacate y los aceites de coco, maní, girasol y palmiche vendrían a resolver el problema, que al principio nos causarían la ausencia del aceite de oliva español.
La crisis pasaría enteramente desapercibida también para los tomadores de café y para los fumadores de tabaco habano, ya que la Isla de Corcho ha producido y puede producir el necesario para su consumo. Para quienes sería trágico el cataclismo sería para los fumadores de cigarrillos americanos, puesto que ni siquiera por la vía legal de la aduana podrían adquirirse al desaparecer definitivamente su centro productor. Pero el pueblo pronto se habituaría a prescindir, como lo hacía una generación atrás, de un artículo que, por nada más que por otra causa, ha tomado carta de naturalización entre nosotros. Y para los verdaderos fumadores que continuaran manteniendo su predilección por el tabaco Virginia pronto surgiría, calorizada por un mercado asegurado, la industria local del tabaco rubio, que el público llegaría a consumir, al cabo de cierto tiempo, sin diferencia apreciable.
Como se verá a parte del susto y de las molestias inherentes a todo cambio brusco, nadie se moriría de hambre, a pesar de la catástrofe, en la Isla de Corcho. No sólo nadie se moriría de hambre, sino que algunos se alimentarían mejor; y muchos, al cabo de cierto tiempo, adaptados a la nueva situación ambiente, llegarían a olvidar sus antiguos gustos, adquiridos por hábito desde los días de la Colonia.
Solucionado en líneas generales el más urgente y apremiante de todos los problemas del hombre, o sea, el de la comida, el cubano tendría que afrontar entonces el segundo en orden de importancia de los problemas del hombre, o sea, el de alojamiento. Pero aquí, su nueva situación le crearía pocos quebraderos de cabeza, porque todavía quedan en la isla algunas maderas duras que podrían multiplicarse en poco tiempo con un vigoroso plan de reforestación; y abunda, por otro lado, la piedra de cantera y hasta el mármol; mientras las fábricas de ladrillos, de mosaicos y de cemento pueden cómodamente abastecer todas las necesidades de la Isla de Corcho. Es cierto que no podrían construirse nuevos rascacielos por la ausencia del acero estructural; pero esto preocuparía poco a los arquitectos cubanos que aún no han podido explicarse el empeño de imitar lo malo en un país que, por su clima, por sus terremotos y por sus ciclones, es la antítesis por excelencia del rascacielos. Volverían a estar las casas amplias, de una sola planta, de piedra y tejas que tanta fama conquistó para la arquitectura colonial española.
Lo más difícil de sustituir serían los aparatos sanitarios, hasta que aprovechando las arcillas, arenas y tierras de Pinar del Río, el cubano se decidiera a fabricar la loza y porcelana que ya no puede importar del extranjero. La falta de hierro y acero constituiría también un serio problema, hasta que el cubano se decidiera a fundir su propio hierro y su propio acero, aprovechando las enormes existencias de hierro, manganeso, cromo, níquel (mutilado desde documento original) aunque no lo sepa el cubano, una de las fuentes de reserva minera más importantes que aún quedan en América.
El problema de la vivienda apenas afectaría gran cosa al campesino que constituye en Cuba la mayor parte de la población. El guajiro cubano continuaría viviendo, como en la Colonia y en la República, como en las épocas de crisis y en las de abundancia, en su bohío de palma, techo de guano y piso de tierra, inconmovible, cual las pirámides de Egipto, a la acción del tiempo o de los cataclismos y tan reacio al progreso y al confort, como a las modas y a los vicios de la civilización.
Resueltos los dos más grandes problemas de todo organismo viviente, el de la comida y el de la vivienda, el cubano tendría que concentrar sus energías en la resolución del tercer gran problema del hombre, el del vestir. Y aquí la labor tendría que ser verdaderamente revolucionaria, porque no parece a primera vista fácil vestir a un pueblo habituado al dril de hilo blanco de Irlanda y las sedas de Oriente y encajes de Bruselas. Pero en un país donde el algodón se da silvestre y donde puede producirse el gusano de seda y el ramié, no puede permanecer desnudo largo tiempo, sobre todo cuando los cubanos recordarán, al leer los escasos textos de ingeniería industrial que existen en la isla, que los norteamericanos habían logrado, años atrás, producir tejidos de rayón y seda artificial de los desperdicios de celulosa. Y mientras en Cuba pueda crecer la caña de azúcar, la isla tendrá asegurada toda la producción de celulosa que pueda necesitar, no solo para producir sus tejidos y su seda vegetal, sino, lo que es aún más importante, pinturas, madera artificial y hasta papel.

Pero volvamos al inicio de mi tema: la isla de Cuba por tres veces se ha sumergido en el fondo del océano para reaparecer otras tantas, como el Ave Fénix, de entre sus propias cenizas. Y como la historia se repite, y los cataclismos, como el cubano, no obedecen a un calendario ni a un reloj, pudiera muy bien suceder el día menos pensado que la tranquila existencia de los descendientes de los siboneyes se viera sorprendida por uno de eso formidables eventos, que sin previo aviso, hacen desaparecer unos mundos para hacer surgir otros; y pudiera suceder que en esa descomunal transformación cósmica la siempre fiel Isla de Cuba se viera envuelta, como se ha visto envuelta en todas las conflagraciones universales que ha habido por obra de Dios o por obra del hombre, sin el consentimiento y hasta sin el conocimiento de sus infieles habitantes. Y pudiera muy bien también suceder que en ese universal cataclismo, al revés de los anteriores, el mundo fuera el que se hundiera, quedando flotando sobre las olas enfurecidas del mar la tierra más bella que ojos humanos vieron, como un testimonio que deja la caprichosa naturaleza para que los astrónomos que en otros planetas se preocupan de indagar lo que ocurre por este modesto átomo del sistema sideral puedan observar la muestra restante de un mundo que fue.
Y yo he pensado muchas ocasiones cuál sería la impresión y la reacción de mis compatriotas, los cubanos, si al levantarnos, como de costumbre, una de esas mañanas serenas y luminosas de los trópicos que generalmente suceden a las grandes tempestades, descubriéramos que la noche anterior todo el mundo conocido había desaparecido de un plumazo y que el espléndido aislamiento que nos legó la geografía se había convertido en realidad absoluta, porque nos habíamos quedado, flotando en nuestra Isla de Corcho, solos en el mundo los cubanos, tan solos como la estrella solitaria que resplandece en nuestra simbólica bandera.
La primera reacción del cubano sería, sin duda, de una intensa curiosidad expectante por conocer los detalles de la catástrofe. Los rumores más fantásticos y las “bolas” más impresionantes circularían con una velocidad vertiginosa. Silenciados los hilos del cable submarino, enmudecidas las emisoras radiodifusoras extranjeras e inutilizado el teléfono internacional, no se llegaría nunca a conocer con toda exactitud la magnitud trascendental de lo ocurrido. No tendríamos ni siquiera el recurso de salir a visitar los restos de la hecatombe, porque, no habiéndonos preocupado nunca de tener marina mercante propia, a pesar de vivir en una isla, careceríamos de los medios mecánicos indispensables para poder entrar y salir de Cuba, al desaparecer los buques de otras naciones que hasta ahora nos han hecho el servicio de mantenernos en contacto con el mundo exterior.
La realización de que nadie podría irse más nunca de Cuba caería como una bomba en un país donde todos viven de paso, esperando acumular una fortuna para irla a dilapidar en los paraísos de promisión de otras latitudes. La realización de que más nada nos puede venir de fuera, vendría a completar el espanto de un pueblo que ha vivido siempre acostumbrado a que todo le venga de fuera, desde los alimentos que constituyen su comida hasta las medicinas que lo curan; desde el capital que fomenta sus tierras hasta la mano de obra que la trabaja; desde la ropa que lo viste hasta los materiales de construcción que lo albergan; desde el libro que lo educa hasta las películas de cine que lo entretienen; desde el vehículo que lo transporta hasta el combustible que lo impulsa. ¿Cómo va a poder seguir viviendo por sí solo un país que, por no dejar de importarlo todo, importa la moneda que le sirve de medio circulante, el clero que le ayuda a limpiar la conciencia y hasta las soluciones a sus problemas políticos domésticos?
Y cuando el cuadro tétrico del cubano se completara con la visión del colapso de su primera industria básica, el azúcar, desaparecidos para siempre los mercados exteriores que justifican su existencia; y cuando a renglón seguido, viniera la quiebra de su segunda gran industria, (mutilado desde documento original) sistema fiscal al esfumarse las rentas de aduana, que constituyen la columna vertebral del presupuesto, sobrevendría un pánico colectivo de tal magnitud que, enloquecidos por el terror, muchos, incapacitados para resistir la dura realidad, pondrían fin a sus vidas, mientras otros levantarían toda clase de imprecaciones contra el Dios antojadizo que, al suprimir el mundo, se olvidó de Cuba, condenando a sus infelices habitantes a las más cruel de las muertes: la de su propia consunción. Y ante la inminencia que todos presentirían de una muerte lenta pero inevitable, el populacho se lanzaría en avalancha sobre las existencias remanentes de víveres importados para sobrevivir, como en los naufragios, el mayor tiempo posible; mientras los bancos, imposibilitados de devolver a sus depositantes los fondos remitidos a sus casas matrices, ya desaparecidas, tendrían por necesidad que cerrar sus puertas.
En esos momentos de confusión, de angustia y desorientación colectiva, surgiría en el Gobierno, y de no surgir en el Gobierno, surgiría seguramente en la masa anónima del pueblo, algunos de esos hombres de iniciativas y acción que las colectividades siempre guardan en reserva en su seno para los momentos de las grandes crisis, quien apremiado por el instinto de conservación y por la necesidad imperiosa de vivir, trataría de poner orden en el desorden cubano y se convertiría, por su esfuerzo, por su decisión y por su actuación en jefe, a quien todos escucharían en la hora trágica en que, desorientados y despavoridos, todos corrían huyendo de una muerte aparentemente segura.
Y para conjurar la crisis ocasionada por el cataclismo, habría que actuar adoptando de momento medidas radicales y extremas. Habría que ordenar la inmediata incautación y racionamiento de las existencias de víveres en los establecimientos para evitar la muerte por (mutilado desde documento original) que adoptarse medidas severísimas para impedir la especulación y el agio de los mercaderes poco escrupulosos que no faltarían en esa, como en todas las ocasiones, de procurar hacer su agosto. E implantadas esas medidas urgentes, tendría que acometerse enseguida la obra de organizar a la carrera la producción ordenada, en los fértiles campos de la isla, de todo aquello que es indispensable para la vida y que puede producirse en ellos. Y, quizás, frente al peligro común, por una vez al menos en la historia de Cuba, se unirían todos los cubanos alrededor de alguien para poner sinceramente a contribución las ideas de todos los cerebros y las iniciativas de todos los brazos en la común labor de salvar la existencia.
Pasados los primeros días de susto, pronto se iniciaría una reacción de esperanza. Es cierto que la existencia del arroz importado, base del alimento habitual del pueblo, al tiempo de la catástrofe era solo la que servía para abastecer el consumo normal de tres meses. Pero las medidas de racionamiento implantadas en caso de tan extrema emergencia, evitando el despilfarro que ha caracterizado siempre a la cocina cubana, permitirá alimentar al país durante seis meses; y en ese tiempo las muchas tierras que en Cuba existen apropiadas para el cultivo del arroz frente a la dura necesidad de vivir, se han puesto en producción y antes de los seis meses aseguran una amplia provisión del grano, que hasta entonces se venía importando del lejano Oriente. E igual cosa ha ocurrido con los frijoles y demás granos y legumbres que constituyen el menú cotidiano de los habitantes de la isla. Con excepción del garbanzo, que antes de la catástrofe se comía por hábito más que por otra cosa, todos los granos se dan fácilmente en la isla, obteniéndose diversas cosechas al año de excelente calidad. Y entonces, quizás por primera vez en su vida, el cubano saborearía las habichuelas, las habas limas y las hortalizas que tan deliciosas se dan Cuba y que hasta entonces solo habían servido para deleitar el paladar de los norteamericanos, que ávidos, consumían toda la producción de la isla.
La catástrofe pasaría casi desapercibida para los carniceros, puesto que la producción de carnes, gracias a una sabia y previsora política de protección a la ganadería, sería suficiente para abastecer las necesidades del país. Esta abundancia de ganado aseguraba, por otra parte, una amplia provisión de leche, mantequilla y demás productos derivados de la ganadería, a la par que mantenía una producción permanente de los cueros para la fabricación del zapato necesario para calzar a la población y de los fertilizantes para conservar la excelencia de las tierras cultivables. Tampoco se notaría diferencia apreciable en la existencia de aves y huevos, porque, desmintiendo en la práctica a todos los teorizantes que presagian su incapacidad en esta rama de la producción, Cuba desde hacía mucho tiempo había logrado abastecerse a sí misma y con productos de insuperable calidad.
Lo que al principio haría sufrir un poco al cubano sería la falta de pan. Habituado por centurias a consumir pan fabricado con harina de trigo, e imposibilitado de producir este cereal en Cuba, tendría necesariamente que aprender a comer, como la mayoría de sus hermanos de América, pan de maíz, que con tanta facilidad se produce en la isla y que, según los técnicos, es superior en vitaminas y digestibilidad al del trigo. Y seguramente para variar su gusto, ensayaría también otras harinas y comprobaría la excelencia de la fécula del plátano y de la yuca, que ya antes del descubrimiento conocían los aborígenes siboneyes.
Quienes estarían de pésame serían los consumidores de bacalao, calamares y sardinas en lata. Pero quizás la catástrofe haría despertar al cubano del letargo en (mutilado desde documento original) de agua por todas partes y que no puede morir de hambre quien posea un azuelo en los ricos mares de los trópicos donde abundan el pargo, la cherna, la aguja, el serrucho, la rabirrubia, las sardinas, los cangrejos y las exquisitas langostas. Pasados los primeros días, los cubanos se avergonzarían de recordar cómo, poseyendo tanta riqueza en casa, estuvieron tanto tiempo gastando millones en traer de fuera productos de inferior calidad.
Muy pronto se agotarían las peras y los melocotones en lata que, por inexplicable atavismo, se sirven todavía de postre en el país de los mangos, las guanábanas, el anón, la piña, el zapote y el mamey. Pero el pueblo comería guayabas, plátanos o mamoncillos con serios trastornos digestivos. El aguacate y los aceites de coco, maní, girasol y palmiche vendrían a resolver el problema, que al principio nos causarían la ausencia del aceite de oliva español.
La crisis pasaría enteramente desapercibida también para los tomadores de café y para los fumadores de tabaco habano, ya que la Isla de Corcho ha producido y puede producir el necesario para su consumo. Para quienes sería trágico el cataclismo sería para los fumadores de cigarrillos americanos, puesto que ni siquiera por la vía legal de la aduana podrían adquirirse al desaparecer definitivamente su centro productor. Pero el pueblo pronto se habituaría a prescindir, como lo hacía una generación atrás, de un artículo que, por nada más que por otra causa, ha tomado carta de naturalización entre nosotros. Y para los verdaderos fumadores que continuaran manteniendo su predilección por el tabaco Virginia pronto surgiría, calorizada por un mercado asegurado, la industria local del tabaco rubio, que el público llegaría a consumir, al cabo de cierto tiempo, sin diferencia apreciable.
Como se verá a parte del susto y de las molestias inherentes a todo cambio brusco, nadie se moriría de hambre, a pesar de la catástrofe, en la Isla de Corcho. No sólo nadie se moriría de hambre, sino que algunos se alimentarían mejor; y muchos, al cabo de cierto tiempo, adaptados a la nueva situación ambiente, llegarían a olvidar sus antiguos gustos, adquiridos por hábito desde los días de la Colonia.
Solucionado en líneas generales el más urgente y apremiante de todos los problemas del hombre, o sea, el de la comida, el cubano tendría que afrontar entonces el segundo en orden de importancia de los problemas del hombre, o sea, el de alojamiento. Pero aquí, su nueva situación le crearía pocos quebraderos de cabeza, porque todavía quedan en la isla algunas maderas duras que podrían multiplicarse en poco tiempo con un vigoroso plan de reforestación; y abunda, por otro lado, la piedra de cantera y hasta el mármol; mientras las fábricas de ladrillos, de mosaicos y de cemento pueden cómodamente abastecer todas las necesidades de la Isla de Corcho. Es cierto que no podrían construirse nuevos rascacielos por la ausencia del acero estructural; pero esto preocuparía poco a los arquitectos cubanos que aún no han podido explicarse el empeño de imitar lo malo en un país que, por su clima, por sus terremotos y por sus ciclones, es la antítesis por excelencia del rascacielos. Volverían a estar las casas amplias, de una sola planta, de piedra y tejas que tanta fama conquistó para la arquitectura colonial española.
Lo más difícil de sustituir serían los aparatos sanitarios, hasta que aprovechando las arcillas, arenas y tierras de Pinar del Río, el cubano se decidiera a fabricar la loza y porcelana que ya no puede importar del extranjero. La falta de hierro y acero constituiría también un serio problema, hasta que el cubano se decidiera a fundir su propio hierro y su propio acero, aprovechando las enormes existencias de hierro, manganeso, cromo, níquel (mutilado desde documento original) aunque no lo sepa el cubano, una de las fuentes de reserva minera más importantes que aún quedan en América.
El problema de la vivienda apenas afectaría gran cosa al campesino que constituye en Cuba la mayor parte de la población. El guajiro cubano continuaría viviendo, como en la Colonia y en la República, como en las épocas de crisis y en las de abundancia, en su bohío de palma, techo de guano y piso de tierra, inconmovible, cual las pirámides de Egipto, a la acción del tiempo o de los cataclismos y tan reacio al progreso y al confort, como a las modas y a los vicios de la civilización.
Resueltos los dos más grandes problemas de todo organismo viviente, el de la comida y el de la vivienda, el cubano tendría que concentrar sus energías en la resolución del tercer gran problema del hombre, el del vestir. Y aquí la labor tendría que ser verdaderamente revolucionaria, porque no parece a primera vista fácil vestir a un pueblo habituado al dril de hilo blanco de Irlanda y las sedas de Oriente y encajes de Bruselas. Pero en un país donde el algodón se da silvestre y donde puede producirse el gusano de seda y el ramié, no puede permanecer desnudo largo tiempo, sobre todo cuando los cubanos recordarán, al leer los escasos textos de ingeniería industrial que existen en la isla, que los norteamericanos habían logrado, años atrás, producir tejidos de rayón y seda artificial de los desperdicios de celulosa. Y mientras en Cuba pueda crecer la caña de azúcar, la isla tendrá asegurada toda la producción de celulosa que pueda necesitar, no solo para producir sus tejidos y su seda vegetal, sino, lo que es aún más importante, pinturas, madera artificial y hasta papel.

CULTURA AFRO CUBANA
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